FAN > UN ARTISTA ELIGE SU OBRA FAVORITA
La escuela argentina

Hubo un miércoles del invierno del año pasado en que llegué más temprano de lo habitual. Diana estaba trasladando de un cuarto a otro una de las obras en la que estaba trabajando. Uno de los primeros pizarrones de la serie se encontraba aún en la sala más amplia. Recuerdo que me quedé varios minutos con la mochila y el abrigo puestos mirándolo.
En el bastidor, pintado con pintura para pizarrones verde, estaba escrito con tiza gran parte de la lista de colores con la que trabajábamos en el taller: celeste cielo, habano, lacre, maíz, café, rosa viejo, verde musgo, chocolate, ciruela, durazno, verde loro, negro ratón, natural, cremita, amarillo limón, verde botella, azul petróleo, gris perla, piel, amarillo huevo, salmón, rosa chicle, camel, mostaza, ladrillo, gris topo, verde manzana y coral. No sé cuánto tiempo pasó hasta que Diana vino a buscar ese pizarrón, creo que le pregunté si había otros, hablamos un poco y me contó sobre la dificultad de fijar la tiza y sobre las varias recetas que le había sugerido Elsita para solucionar este inconveniente.
Meses después, volví a ver la serie en la muestra Escuela en el Centro Cultural Recoleta. Y esta vez, frente a los pizarrones, me pregunté: ¿Existe verdaderamente una escuela argentina? De ser así, creo que la constelación que la constituye está originada por una red de vínculos privados y afectivos. Y los pizarrones vendrían a ser el tratado de ese pacto secreto de amor que constituimos con nuestras maestras y maestros. Parado ahí, frente a los pizarrones, recordé mí primer día de clase en lo de Diana. Ese día me dio el primero de los ejercicios que realicé: escribir mi nombre completo de arriba hacia abajo, en diagonal, en espiral, con la mano izquierda, con la derecha, en espejo, de abajo hacia arriba, gigante, diminuto, con todos los pinceles que tenía y con todos los colores que encontrara posibles. Pensé también en los que siguieron: copiar la imagen desde su ausencia, copiar el aire y no el objeto... Más tarde vino el ejercicio de hilar distintas situaciones con una línea continua como si el ojo zurciera cada objeto y cada persona que recorre. Hubo un día en que pinté el agua, el fuego, el aire y la tierra asignando una mancha para cada elemento, otro en que intenté reproducir sólo los bordes de una obra de Henri Matisse, aprendí a ver las manchas que conforman cada objeto desde dentro hacia fuera y perseguí la línea infinita hasta la fascinación.
De alguna manera los pizarrones de Diana dan cuenta de una genealogía, de una historia del arte argentino que nos incluye y nos excede. Los pizarrones son el origen de una escuela, la piedra basal, el centro magnético hacia donde dirigimos nuestras primeras miradas para entender el mundo. Creo que en esos pizarrones permanece algo del asombro de los alumnos de Spilimbergo y de los de Pettoruti, que en algunos de los restos de tiza de color está la voz de Pablo Suárez en los talleres de Barracas, la de Lucio Fontana en el taller Altamira, la de Tulio de Sagastizábal y la de Guillermo Kuitca.
Un tiempo después los pizarrones volvieron al taller. Era miércoles a la tarde y todavía había una luz de verano. Yo estaba pintando sobre una carpeta escolar y Diana le pasaba la “lista de colores” a una nueva alumna. Los pizarrones estaban cerca y con ellos me reconocí en casa.

El nombre del color
Tiza sobre pintura de pizarrón (2007)
Tiza sobre pintura de pizarrón (2007)
Diana Aisenberg nació en Buenos Aires, Argentina, en 1958. Desde 1982 se dedica a la docencia de arte y por su taller han desfilado muchos de los artistas más promisorios de las nuevas generaciones. Aisenberg es además la creadora de Historias del Arte. Diccionario de Certezas e Intuiciones, un proyecto devenido libro que consiste en la creación de un diccionario de arte de construcción colectiva. Es una invitación masiva a la escritura. El grueso de los pedidos de “definiciones” se realiza por mail y está dirigido “a quien guste colaborar”. Su obra plástica, de una exquisitez inusual, explora los límites del arte con una pintura desprejuiciada, alejada de los clichés y las recetas contemporáneas: las sombras, los cristales, las flores, las niñas, todo puede ser material de profunda exploración para Diana Aisenberg.
RADAR
INDICE
- NOTA DE TAPA
Yala Man
Por Angel Berlanga - CINE > BUSH POR OLIVER STONE
De tal palo
Por Mariano Kairuz - Réquiem para las fotos en papel
Por Dushko Petrovich - MUSICA > SE REEDITO CUERPO Y ALMA, DE EDUARDO MATEO
Príncipe y mendigo
Por Martín Pérez - MUSICA > LA PRIMERA CAJA PARA ENTRAR EN THE KINKS
Los caballeros de la caja redonda
Por Rodrigo Fresán - CINE > UNA RETROSPECTIVA DE JEAN-PIERRE MELVILLE, GENIO A REDESCUBRIR
El camino del samurai
Por Alfredo García - RECLAMOS > QUE VUELVA LA JENNIFER CONNELLY QUE CONOCIMOS
Jennifer ya no vive aquí
Por Mariano Kairuz - Vamos a arder
Por Simon Reynolds - FAN > UN ARTISTA ELIGE SU OBRA FAVORITA
Leonel Pinola y los pizarrones de Diana Aizenberg
Por Leonel Pinola - YO ME PREGUNTO:
¿Por qué tantos vinos tienen nombres de santos y santas? - F.MERIDES TRUCHAS
F.Mérides Truchas - Agenda


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PLASTICA
Saltos ornamentales
En Combo, la muestra que exhibe en el Centro Borges, Diana Aisenberg cuelga cuadros en composé con sillones, jarrones y teteras y problematiza con insidioso candor las reglas de la etiqueta del arte. De aquí en más, quien pretenda usar la palabra “decorativo” como un insulto hará bien en pensarlo antes dos veces.
por María Gainza
Encorvado por el peso de un maletín lleno de planillas y calculadoras, un hombre gris entra a un vernissage. Media hora más tarde, copita va copita viene, empieza a sentirse a gusto y se larga a hablar. En el rutilante mundo del arte son todos tan originales y abiertos... Y el hombre es feliz. Presiente que su vida está por cambiar: nuevos amigos, un mundo de mentes amplias y espíritus libres, piensa el oficinista de 10 a 7. Cuando, de golpe, ahí la ve: unas líneas azules surcando la tela. Es la obra de arte. Entonces se anima –después de todo está entre amigos– y manda: “Convengamos que esto lo puede pintar mi hijo”. ¿Queeeeeé? El vino que vierten las botellas se congela en el aire, pero su mente, un poco alelada entre el alcohol y las planillas, tarda en procesar, y la segunda se le escapa: “Aunque mirándolo bien, este cuadro puede quedar fantástico con el sillón del living”. Antes de terminar ya sabe que no hay marcha atrás. Sus nuevos amigos se hacen humo. Sólo queda el mozo que, mientras le cierra la puerta en la cara, le explica el infortunio: “El cenáculo artístico no admite novatos”.
Las reglas, códigos y etiquetas del arte darían material para un tratado. Y Diana Aisenberg las conoce bien; tanto como para darlas vuelta y mandarse a colgar cuadros en composé con sillones, jarrones y teteras y presentar Combo, una de las muestras con más garbo de los últimos tiempos que nos hará pensar dos veces la próxima vez que se nos ocurra subestimar algo por ser “decorativo”.
Las reglas, códigos y etiquetas del arte darían material para un tratado. Y Diana Aisenberg las conoce bien; tanto como para darlas vuelta y mandarse a colgar cuadros en composé con sillones, jarrones y teteras y presentar Combo, una de las muestras con más garbo de los últimos tiempos que nos hará pensar dos veces la próxima vez que se nos ocurra subestimar algo por ser “decorativo”.
D&D
Matisse decía que buscaba un arte que fuera como un buen sillón: un sedante para las fatigas físicas y los problemas del día. Es probable que tuviera en mente una obra de engañosa liviandad, con un tapizado estupendo pero, a la vez, con todos los resortes en forma. Pero el punto es que la idea de lo decorativo lo atraía. Vinieron después los tiempos en que la estética fue tamizada por el moralismo post Segunda Guerra Mundial y la palabra “decorativo” empezó a connotar bajeza y mercantilismo. Lo decorativo era comercial (como si la meta del arte-arte fuera pudrirse en un sótano repleto de pinturas invendibles). La nostalgia y la intimidad cedieron ante la bravura y lo cutting-edge.
El problema, en parte, parecería ser semántico: como adjetivo, lo decorativo refiere a lo que adorna, pero al mismo tiempo puede convertirse en un juicio de valor y designar aquello que es meramente ornamental; es decir, algo que carece del rigor y el compromiso de la obra de arte “seria”. Ésas son precisamente las aguas en las que bucea Diana Aisenberg, una artista plástica y arqueóloga de las palabras que define su trabajo como un intento de “revisar el lenguaje tanto en el objeto como en las palabras que usamos para hablar de arte”. Lo corrobora, de hecho, su recopilación interactiva de Historias del Arte, Diccionario de certezas e intuiciones, que circula por Internet desde hace ya unos años. Por eso, en una primera lectura, su muestra –curada por Graciela Hasper– remite a la idea de una pintura que pareciera comportarse como lo haría un ramo de flores en una habitación.
Aquí todo es alegre y sosegado. Pero enseguida la impresión se ajusta: estas obras, de una fragilidad que podría desarticularse al menor suspiro, han sido pensadas y exhibidas con la firmeza de objetos soldados con Poxipol. Porque Aisenberg siempre da más: cuando todo parece de fácil digestión, agrega un giro conceptual y el espectador hace ¡plop!, como Condorito. No sólo es capaz de revisar varios de los problemas que han surgido en la encrucijada del arte contemporáneo; también intenta resolverlos: no con grandes gestos ni manifiestos sino a su manera, que es discreta y llena de gracia.
Aisenberg pinta jarrones, figurada y literalmente: un pingüino pintado es una jarra para vino pintada y, a la vez, una tela sobre la que se ha pintado ese mismo pingüino pintado. Y en una actitud magritteana, a lo Esto no es una pipa, Aisenberg se interroga sobre la distancia entre la cosa y su representación y de paso problematiza la interrogación con una vuelta de tuerca: pintar también sobre la cosa. Pinta las sombras de las ramas sobre un lienzo, recubre el cuadro con vidrio líquido –lo que le da un toque similar al de la loza– y luego lo coloca sobre un sillón (y se pregunta sobre lo decorativo). Pinta un almohadón amarillo con trazos negros y pone encima un elefantito de cerámica amarilla en el que los trazos se continúan, lo que nos lleva a pensar que Aisenberg empieza pintando un objeto y sigue luego sobre otro, como si la obra no se acabara en el marco (y entonces se pregunta sobre los límites de la pintura). Pinta una tetera y la posa sobre un estante, cara a cara con un cuadro de una tetera (y se pregunta qué es lo que hace que una superficie determinada sea portadora de arte). Y lo que exhibe son más las preguntas que las respuestas.
Matisse decía que buscaba un arte que fuera como un buen sillón: un sedante para las fatigas físicas y los problemas del día. Es probable que tuviera en mente una obra de engañosa liviandad, con un tapizado estupendo pero, a la vez, con todos los resortes en forma. Pero el punto es que la idea de lo decorativo lo atraía. Vinieron después los tiempos en que la estética fue tamizada por el moralismo post Segunda Guerra Mundial y la palabra “decorativo” empezó a connotar bajeza y mercantilismo. Lo decorativo era comercial (como si la meta del arte-arte fuera pudrirse en un sótano repleto de pinturas invendibles). La nostalgia y la intimidad cedieron ante la bravura y lo cutting-edge.
El problema, en parte, parecería ser semántico: como adjetivo, lo decorativo refiere a lo que adorna, pero al mismo tiempo puede convertirse en un juicio de valor y designar aquello que es meramente ornamental; es decir, algo que carece del rigor y el compromiso de la obra de arte “seria”. Ésas son precisamente las aguas en las que bucea Diana Aisenberg, una artista plástica y arqueóloga de las palabras que define su trabajo como un intento de “revisar el lenguaje tanto en el objeto como en las palabras que usamos para hablar de arte”. Lo corrobora, de hecho, su recopilación interactiva de Historias del Arte, Diccionario de certezas e intuiciones, que circula por Internet desde hace ya unos años. Por eso, en una primera lectura, su muestra –curada por Graciela Hasper– remite a la idea de una pintura que pareciera comportarse como lo haría un ramo de flores en una habitación.
Aquí todo es alegre y sosegado. Pero enseguida la impresión se ajusta: estas obras, de una fragilidad que podría desarticularse al menor suspiro, han sido pensadas y exhibidas con la firmeza de objetos soldados con Poxipol. Porque Aisenberg siempre da más: cuando todo parece de fácil digestión, agrega un giro conceptual y el espectador hace ¡plop!, como Condorito. No sólo es capaz de revisar varios de los problemas que han surgido en la encrucijada del arte contemporáneo; también intenta resolverlos: no con grandes gestos ni manifiestos sino a su manera, que es discreta y llena de gracia.
Aisenberg pinta jarrones, figurada y literalmente: un pingüino pintado es una jarra para vino pintada y, a la vez, una tela sobre la que se ha pintado ese mismo pingüino pintado. Y en una actitud magritteana, a lo Esto no es una pipa, Aisenberg se interroga sobre la distancia entre la cosa y su representación y de paso problematiza la interrogación con una vuelta de tuerca: pintar también sobre la cosa. Pinta las sombras de las ramas sobre un lienzo, recubre el cuadro con vidrio líquido –lo que le da un toque similar al de la loza– y luego lo coloca sobre un sillón (y se pregunta sobre lo decorativo). Pinta un almohadón amarillo con trazos negros y pone encima un elefantito de cerámica amarilla en el que los trazos se continúan, lo que nos lleva a pensar que Aisenberg empieza pintando un objeto y sigue luego sobre otro, como si la obra no se acabara en el marco (y entonces se pregunta sobre los límites de la pintura). Pinta una tetera y la posa sobre un estante, cara a cara con un cuadro de una tetera (y se pregunta qué es lo que hace que una superficie determinada sea portadora de arte). Y lo que exhibe son más las preguntas que las respuestas.
Floreros sobre floreros
Cuando la avalancha del arte decorativo de fin del siglo XIX –los Nabis, el Arts & Crafts y William Morris, el movimiento estético, el modernismo– intentó extender los límites de la pintura aboliendo las fronteras entre las bellas artes y las artes aplicadas, lo que buscó con esas formas curvilíneas, tan enamoradas de sí mismas, fue embellecer la superficie. Todo se dio on the surface: las cerámicas, vajillas y empapelados finiseculares se cubrieron de orquídeas, nenúfares, gardenias y magnolias. Owen Jones, en su Gramática del Ornamento –la obra más importante sobre decoración de mediados de siglo XIX–, dijo que “una alfombra que cubre el suelo debe ser tratada como una superficie plana”. Si algunas de estas ideas resuenan en las obras de Aisenberg es porque sus modelos provienen de la naturaleza, y porque le interesa entender el mundo como un gran bastidor. Más aún cuando aclara: “Toda superficie es un posible soporte portador de la naturaleza del arte”.
Pero para encarar el pas-de-deux entre el arte contemporáneo y el diseño, Aisenberg cala más hondo. La percepción de un objeto y nuestro entendimiento de ese objeto no pueden separarse. Es imposible mirar un objeto sin saber para qué sirve: la tetera, antes que nada, es una vasija para servir té, y después una vasija pintada por una artista. Pero cuando las líneas de un patito de porcelana se continúan en una tela, Aisenberg está diciendo que es en la idea de Combo –ahí donde un objeto se tensiona con la sola presencia de otro objeto y donde las personalidades de cada uno se tiñen– donde aparece un nuevo orden de conocimiento que no viene ni de la tela ni de la cerámica, sino que surge, más bien, del encuentro de los elementos.
En la cima del frenesí del arte por el arte, Oscar Wilde escribió que “un cuadro es una cosa meramente decorativa” y agregó que “todo arte es al mismo tiempo superficie y símbolo”. Así, los de Aisenberg son floreros sobre floreros, obras eruditas despojadas de inocencia pero también, a la vez, alegremente naïves, porque aun cargadas de intensidad no dejan de ser jarrones. Como chistes –rotundamente serios pero no por ello irónicos, y es mejor así: el arte contemporáneo está que rebalsa de ironías–, las obras de Aisenberg son piezas filosóficas que revelan la confusión de valores del siglo. Y lo que es genial es que, con toda su aparente despreocupación, nunca dejan de interrogarse a sí mismas como un perro que se empecina en morderse la cola.
Son obras, además, que no se dejan amedrentar. Porque no se puede combinar un cuadro con un sillón... hasta que alguien lo hace. Pareciera entonces que las obras de Aisenberg se interesan por lo decorativo sólo para quebrar su propia lógica. Otra vez Matisse: “Pienso que nada es más difícil para un verdadero pintor que pintar una rosa, porque para pintarla hay que olvidar primero todas las rosas pintadas”. Aisenberg es consciente de lo inevitable: habrá que aprender a ver de nuevo. El recuerdo de otros jarrones nos impedirá ver el jarrón. Por un tiempo, al menos. Se larga por la autopista buscando sus propios signos, despreocupada, mientras ve pasar como ráfagas, clavadas a la vera del camino, las señales de tránsito que todo lo reglamentan.
Cuando la avalancha del arte decorativo de fin del siglo XIX –los Nabis, el Arts & Crafts y William Morris, el movimiento estético, el modernismo– intentó extender los límites de la pintura aboliendo las fronteras entre las bellas artes y las artes aplicadas, lo que buscó con esas formas curvilíneas, tan enamoradas de sí mismas, fue embellecer la superficie. Todo se dio on the surface: las cerámicas, vajillas y empapelados finiseculares se cubrieron de orquídeas, nenúfares, gardenias y magnolias. Owen Jones, en su Gramática del Ornamento –la obra más importante sobre decoración de mediados de siglo XIX–, dijo que “una alfombra que cubre el suelo debe ser tratada como una superficie plana”. Si algunas de estas ideas resuenan en las obras de Aisenberg es porque sus modelos provienen de la naturaleza, y porque le interesa entender el mundo como un gran bastidor. Más aún cuando aclara: “Toda superficie es un posible soporte portador de la naturaleza del arte”.
Pero para encarar el pas-de-deux entre el arte contemporáneo y el diseño, Aisenberg cala más hondo. La percepción de un objeto y nuestro entendimiento de ese objeto no pueden separarse. Es imposible mirar un objeto sin saber para qué sirve: la tetera, antes que nada, es una vasija para servir té, y después una vasija pintada por una artista. Pero cuando las líneas de un patito de porcelana se continúan en una tela, Aisenberg está diciendo que es en la idea de Combo –ahí donde un objeto se tensiona con la sola presencia de otro objeto y donde las personalidades de cada uno se tiñen– donde aparece un nuevo orden de conocimiento que no viene ni de la tela ni de la cerámica, sino que surge, más bien, del encuentro de los elementos.
En la cima del frenesí del arte por el arte, Oscar Wilde escribió que “un cuadro es una cosa meramente decorativa” y agregó que “todo arte es al mismo tiempo superficie y símbolo”. Así, los de Aisenberg son floreros sobre floreros, obras eruditas despojadas de inocencia pero también, a la vez, alegremente naïves, porque aun cargadas de intensidad no dejan de ser jarrones. Como chistes –rotundamente serios pero no por ello irónicos, y es mejor así: el arte contemporáneo está que rebalsa de ironías–, las obras de Aisenberg son piezas filosóficas que revelan la confusión de valores del siglo. Y lo que es genial es que, con toda su aparente despreocupación, nunca dejan de interrogarse a sí mismas como un perro que se empecina en morderse la cola.
Son obras, además, que no se dejan amedrentar. Porque no se puede combinar un cuadro con un sillón... hasta que alguien lo hace. Pareciera entonces que las obras de Aisenberg se interesan por lo decorativo sólo para quebrar su propia lógica. Otra vez Matisse: “Pienso que nada es más difícil para un verdadero pintor que pintar una rosa, porque para pintarla hay que olvidar primero todas las rosas pintadas”. Aisenberg es consciente de lo inevitable: habrá que aprender a ver de nuevo. El recuerdo de otros jarrones nos impedirá ver el jarrón. Por un tiempo, al menos. Se larga por la autopista buscando sus propios signos, despreocupada, mientras ve pasar como ráfagas, clavadas a la vera del camino, las señales de tránsito que todo lo reglamentan.
Combo, de Diana Aisenberg. Proyecto Sala 2 del Centro Cultural Borges, programa creado por Graciela Hasper. Hasta fines de enero.
CULTURA / ESPECTACULOS › MUESTRA DE DIANA AISENBERG EN EL CENTRO CULTURAL PARQUE DE ESPAÑA
Para volver a creer en la pintura
Se trata de la mejor muestra de la ciudad en lo que va del año, curada por Roberto Amigo. Se llama "Escuela" y se inauguró el viernes pasado con una "Adoración a la Madonna protectora de las artes", a cargo de músicos locales.

Una reivindicación de la pintura y del arte de pintar: eso y mucho más es la magnífica muestra individual que la pintora, docente y cazadora de intuiciones y certezas Diana Aisenberg (Buenos Aires, 1958) presenta en el Centro Cultural Parque de España (Sarmiento y el río) hasta el 1 de julio. Sin duda, la mejor muestra de la ciudad en lo que va del año. Con la curaduría de Roberto Amigo y titulada "Escuela", se inauguró el viernes pasado con una singular "Adoración a la Madonna protectora de las artes". (Ver: http://madonnadelarteysuperiplo.blogspot.com)
"Escuela" y "adoración" son dos palabras en las que conviene detenerse, explorándolas siguiendo el método que desarrolló Aisenberg en su proyecto en colaboración que ahora es libro: Historias del arte, Diccionario de certezas e intuiciones (Adriana Hidalgo, 2004). (Más en http://daisenberg.spaces.live.com).
El concepto de "escuela" se despliega materialmente en la muestra bajo la forma de fondos negros opacos que evocan pizarrones y trazos de pastel a la tiza cuya escena es la de la enseñanza, pero cuya iconografía se espiritualiza, por así decirlo, en tanto plantea una apuesta a la belleza sensible a través de flores, hojas, colores, animales y retratos. Pero "escuela" es también genealogía, linaje, magisterio. La de Diana Aisenberg propone un cruce singular entre: (1) el lenguaje pictórico y cromático del primer modernismo (el de Kandinsky); (2) la pintura emotiva y expresionista de los primeros años de la década de 1980; (3) el arte religioso gótico urbano del Medioevo tardío; (4) el oficio de pintar, y su alegría; (5) los cielos vistos en visiones por un místico moderno, Emmanuel Swedenborg; (6) los templos y los barrios antiguos de la ciudad de Jerusalén; (7) las estampitas que te venden en el subte, y (8) las niñas hermafroditas que habitan los mundos míticos inventados por un artista loco, un asceta del siglo XX llamado Henry Darger, hoy puesto de moda desde las categorías de lo marginal. "Voto por lo celestial en Darger", dice Aisenberg, no sin cierta mal disimulada indignación. "El arte era su curación y su plegaria". Aisenberg reniega de lo religioso como dogma y prefiere definir la fe como "una apuesta a una posibilidad".
Todo lo cual equivale a decir que si la palabra "dantesco" hubiera sido acuñada por Aisenberg, tendría que ver menos con el infierno que con el paraíso. Es que Diana Aisenberg eleva. Sube literalmente sus Madonnas de 1982 y 1983, pintadas en Loxon, a la parte del segundo túnel del CCPE que se arquea en lo alto, resignificando así los lóbregos túneles en arquitectura religiosa no dogmática y en fresco de basílica. Y "Madonna" aquí no significa estrella pop. No sólo por la fecha, sino porque en la pintura de Aisenberg "estrella" significa muchas otras cosas.
"En mi obra puede haber humor, pero no ironía. No tengo ironía, no estoy de vuelta de nada", afirma. ¿Pero qué pensar de la coincidencia entre su pelo rojo y el de la Madonna adorada? Como no viene del catolicismo sino del judaísmo, Aisenberg pasó por alto la fina distinción que hacen tanto el dogma eclesiástico como la tradición pictórica entre (1) veneración (debida a los santos), (2) hiperdulía (nombre particular que recibe el culto de la Virgen María) y (3) adoración (sólo a Dios). "Adoración", en todo caso (le sugiere la cronista), es la de los Reyes Magos por la divinidad aún no manifestada, pero señalada por la estrella de Belén que los guió. Ese mito bíblico sería además toda una alegoría de lo que le sucede al alma humana cuando toma la creación estética como camino: halla lo divino en su morada (de hecho... ¡el pesebre es una suká! coinciden entrevistada y cronista). Es guiada hasta allí por una luz en medio de la oscuridad, que viene de lo alto y que el alma, simbolizada por los reyes astrónomos, sabe reconocer como guía. Entonces, Diana Aisenberg no es la adorada (ni lo quiere ser) sino la adoratriz. No otra es su tarea como artista: partiendo de un saber (el del lenguaje pictórico) y de una forma (el mapa del cielo; la forma compositiva en este caso) sigue una intuición hasta que halla la chispa divina del sentido. Y la halla ahí donde todavía no se ha manifestado en toda su gloria. Y la adora: así como lo fue para Darger, la pintura es su plegaria. ¿Esto es místico? Esto es mítico, esto es mágico. "Mágico como transformación de una vida o de un espacio. La magia puede cuidar", define Aisenberg.
Y de transformación precisamente se trata el recorrido. Iniciado precisamente en Jerusalén, en la Universidad de Arte Bezalel, donde estudió de 1976 a 1982, sosteniéndose en el arte mientras la dictadura militar asesinaba a sus amigos. Regresó a una Buenos Aires arrasada, precaria, desolada, y asumió esa precariedad realizando sus pinturas, verdaderas exquisiteces en cuanto a composición y color, con los materiales pobres que encontraba. De 2001 en adelante, sin embargo, incorpora un barniz artesanal tipo resina, el vidrio líquido: "Más brillo, más consistencia, que brille: si hay miseria, que no se note", dice con una sonrisa.
"Esta obra, en gran parte, sale por primera vez del depósito al público especialmente en esta ocasión directo al Parque España, después de años", escribía Aisenberg antes de la inauguración en un mensaje personal. "Hay obras de los 80, o sea, 30 años que no circulan. Esta muestra, si bien tiene módulos básicos definidos por mí antes de empezar, suma una sala de proyecciones donde hay video arte, video documental, una sección que es la adoración a la madonna protectora de las artes que se realiza en cada parada de la muestra con la participación de artistas locales, esta vez coordinada por Mario Caporali, quien organiza música para la madonna". Cabe agregar que la "adoración" por la orquesta de cámara de música china mario dante/guo cheng, que debutó en esta ocasión con su primer concierto, alcanzó momentos de verdadero éxtasis barroco y dicha celestial. Vestidos de blanco y con collares de flores artificiales, Mario Caporali en voz y piano, Cecilia Lenardón y Vladimir Garbulsky en clarinetes, Emiliana Arias en percusión, Martín Merino en contrabajo, Sebastián Orozco en programación y los violinistas Pachi Gayoso y Franco Dolci, dieron una performance tan maravillosamente excéntrica como inspiradora e inspirada.
Una nota aparte merecerían las exquisitas obras recientes, donde Aisenberg resignifica (entre otros) el género paisaje, y la amplia colección de cuadernos de artista que pueden verse en esta ocasión particular. Más que suficiente para volver a creer, sí, en los Reyes Magos (aunque sólo sea en un sentido mitopoético) y, sobre todo, en la pintura.
En Mayo el Museo Vidal abre la
exposición de Diana Aisenberg “Escuela”, quien dictará también una Clínica de Análisis de Obra a los artistas de Corrientes.La Subsecretaría de Cultura de la Provincia, a través del Museo Provincial de Bellas Artes “Dr. Juan R. Vidal” inaugura el miércoles 5 de mayo,a las 20,30 hs la muestra de Diana Aisenberg “Escuela”.La exposición incluye una selección de obras de Aisenberg desde los años 80 hasta la actualidad, y permite observar la proximidad de intereses entre proyectos que hasta el momento se habían presentado por separado: su obra pictórica, su labor docente, y la apertura comunitaria que conlleva su proyecto Historias del arte: Diccionario de certezas e intuiciones. La muestra presenta pinturas de diversas épocas, que incluye una serie inédita; documentación sobre su proyecto; dibujos, objetos y videos.En palabras de Aisenberg, “la exposición concentra distintas facetas de mi trabajo haciendo de todas una, bajo el concepto de escuela, con la intención de revisar este concepto y recuperar el valor de lo didáctico como un valor respetado para el arte.” ¿Qué es lo didáctico para Aisenberg? Se trata de la posibilidad de generar una transformación en el otro, a partir de la decisión de desarmar frente a él un pensamiento propio, para luego volver a armarlo incluyéndolo en el proceso. Lo didáctico como proceso de apertura e inclusión, de transformación y producción, que se gesta y construye en colaboración.Roberto Amigo, Curador de ésta muestra en Corrientes, nos dice:Diana Aisenberg es una artista expansiva, desplegada. Despliegue que comienza con su regreso a Buenos Aires en 1982, cerrada su estancia jerosolimitana, a la actividad febril de exposiciones y convivencias estéticas que visualmente se expresaban en una pintura gestual, expresionista, sucia, corporal. Sin embargo, hay un preciosismo oculto en la obra de Diana: una línea de continuidad entre las madonnas y las niñas recientes, entre los corderos de las vírgenes y los animales del cielo. Del mismo modo hay una continuidad de un arte que necesariamente debe constituirse en sociabilidad: desde la Madonna protectora de las artes – obra devocional al diccionario de arte.Las Madonnas no sólo inician su reflexión sobre los géneros pictóricos sino también la acción relacional desde el objeto visual con otros artistas. La artista parte de un acuerdo con el espectador: la madona es un tópico de la historia del arte, ya no entendido como pintura devocional sino como representación de una particular figura femenina reconocible culturalmente. A tal punto, que no se preocupa porque sean estrictamente madonnas, ya que el niño puede estar ausente. No es madre, pero tampoco es virgen: la cabellera rojiza, es más adecuada para otra María, la Magdalena. El uso ambiguo de la cita iconográfica propone que la entendamos como autorretrato, su mayor densidad se logra cuando rodeada por atributos de fertilidad y riqueza es adorada por obras realizadas por otros artistas. El largo manto parece atraer la instalación del espacio hacia el muro, trepando abigarradamente entre animales de sacrificio y cristales preciosos. Hay en Diana una política de la temporalidad: anular la formación del recuerdo en beneficio de la reactivación con nuevos actores. Convocar hacia la Madonna, entonces, carece de tiempo y su protección debe ser manifiesta, es decir aguardada.La activación de la protección es una de las formas que asume la búsqueda del Paraíso, místico y material a la vez. En algunas obras de Aisenberg los cielos son empáticos a los de Emmanuel Swedenborg: agua y vegetación, niños y animales y cristales. De este modo, las niñas ideales son almas que han encontrado su morada. Aisenberg permite imaginar una multitud de niños ideales en una temporalidad abstracta. La cita a Henry Darger (1892-1973) es aún más inquietante anuncian el combate maniqueo entre el bien y el mal. Observando estas pinturas de Diana desde el dargerism las imágenes de niñas en paisajes fantásticos pierden toda su aparente inocencia y el encanto de su factura plástica. Además, la lectura de Swedenborg desde Darger evita la simple remisión figurativa perversa que el dargerism puede facilitar, para regresarlo a su densidad teológica. Transforma la bondadosa sabiduría del Swedenborg en el combate infinito por otra humanidad.
Diana Aisenberg – (1958)
Vive y trabaja en Buenos Aires. Se dedica a la formación de artistas desde 1982 y trabaja con artistas de todo el país en encuentros de clínica de obra en diferentes provincias. Ternada por la Asociación De Críticos Argentinos por su Acción Docente en el año 2000. Recibe el premio “J. A. García Martinez” a la acción docente 2003 de la Asociación Argentina de Críticos de Arte.
Fue Coordinadora del área de artes visuales, cursos y eventos especiales del Centro Cultural Ricardo Rojas de la UBA. Coordinó la red nacional de cursos de plástica y clínicas de artistas para el análisis de obra, en Buenos Aires y en todo el país. Anteriormente se desempeñó como docente de Morfología en la Facultad de Diseño Gráfico, UBA.; Fundación Antorchas, entre otros. Fue curadora del espacio joven arteBA 2006, Organiza la Residencia de artistas RIAA desde el 2006-Es autora de “Historias del Arte. Diccionario de Certezas e Intuiciones” proyecto de construcción colectiva premiado por Trama para la investigación de la práctica artística y su proyección social. Editado en formato libro por Adriana Hidalgo. El proyecto en versión video –mi amigo José-recibió el primer premio en el VII Festival Internacional de Cine por los Derechos Humanos en la Categoría Cortometraje Documental. Fue invitado al Simposio Internacional URBANNERUNGSKUKTUREN, Berlin- Buenos Aires. Participó del 21 Festival Internacional de Cine de Mar del Plata. Su obra pictórica puede visitarse en la Galería Daniel Abate.
Algunas muestras individuales-Escuela, CCR, sala cronopios,2008, 2006 Arquitectura del Cielo, galería Daniel Abate;2005- fundacion arteviva, stand feria arteBA.Maestro 2003- CCBorges, proyecto sala 2, Combo2003- arteBA, project room, buen gusto. 2002 - Espacio VOX, Bahía Blanca, Sobremesa2001- Teatro Auditorium , Mar del Plata. Capricho solar2000- Centro de Exposiciones La Casona de los Olivera. Jardín 1999- La Tribu- 1998- Centro Villa Victoria Ocampo, Mar del Plata. Flores y frutas 1994- La Pequeña Galería, Asunción, Paraguay. Vacas Y Gallinas 1992- Centro Cultural Ricardo Rojas, Universidad de Buenos Aires, vacas, 1992. Algunas muestras colectivas 2008- Alianza Francesa Buenos Aires, Vé Vete Y Vuelve, 2007- Centro Cultural España Cordoba, 150 mts Poéticos- CCR, la Casona de Olivera. - Boquitas Pintadas, Shangrilla.

"Niñas sin nombre", 2007, 1,50 x 1,50 cm,lápiz,esmalte,óleo,marcador sobre tela.
exposición de Diana Aisenberg “Escuela”, quien dictará también una Clínica de Análisis de Obra a los artistas de Corrientes.

Vive y trabaja en Buenos Aires. Se dedica a la formación de artistas desde 1982 y trabaja con artistas de todo el país en encuentros de clínica de obra en diferentes provincias. Ternada por la Asociación De Críticos Argentinos por su Acción Docente en el año 2000. Recibe el premio “J. A. García Martinez” a la acción docente 2003 de la Asociación Argentina de Críticos de Arte.
Fue Coordinadora del área de artes visuales, cursos y eventos especiales del Centro Cultural Ricardo Rojas de la UBA. Coordinó la red nacional de cursos de plástica y clínicas de artistas para el análisis de obra, en Buenos Aires y en todo el país. Anteriormente se desempeñó como docente de Morfología en la Facultad de Diseño Gráfico, UBA.; Fundación Antorchas, entre otros. Fue curadora del espacio joven arteBA 2006, Organiza la Residencia de artistas RIAA desde el 2006-
Algunas muestras individuales-Escuela, CCR, sala cronopios,2008, 2006 Arquitectura del Cielo, galería Daniel Abate;2005- fundacion arteviva, stand feria arteBA.Maestro 2003- CCBorges, proyecto sala 2, Combo2003- arteBA, project room, buen gusto. 2002 - Espacio VOX, Bahía Blanca, Sobremesa2001- Teatro Auditorium , Mar del Plata. Capricho solar2000- Centro de Exposiciones La Casona de los Olivera. Jardín 1999- La Tribu- 1998- Centro Villa Victoria Ocampo, Mar del Plata. Flores y frutas 1994- La Pequeña Galería, Asunción, Paraguay. Vacas Y Gallinas 1992- Centro Cultural Ricardo Rojas, Universidad de Buenos Aires, vacas, 1992. Algunas muestras colectivas 2008- Alianza Francesa Buenos Aires, Vé Vete Y Vuelve, 2007- Centro Cultural España Cordoba, 150 mts Poéticos- CCR, la Casona de Olivera. - Boquitas Pintadas, Shangrilla.
Escuela/Rosario de Diana Aisenberg

"Ángel de la guarda sobre tormenta de cristales", 2009, 140 x 160 cm. Acrílico, óleo, esmalate, lápiz y vidrio líquido sobre tela.
Diana Aisenberg inaugura Escuela/Rosario, una selección de su obra desde los 80 hasta hoy. Perfil de una artista que indagó en la historia del arte, en lo religioso y en la literatura nuevas formas de mirar y de pintar.
por P.M.
por P.M.
Inauguración: viernes 5 a las 19.30 en Galerías.
Cierre: 1 de julio de 2009. De martes a domingos de 15 a 20 hs.
Cierre: 1 de julio de 2009. De martes a domingos de 15 a 20 hs.
“Aprender a mirar la producción propia o ajena” era el lema del seminario que la artista Diana Aisenberg comenzó a desarrollar en 1997 y que tuvo entre sus muchos resultados, en 2004, la publicación de Historias del arte, un “diccionario de certezas e intuiciones” de 550 páginas con 643 colaboradores que aportaron conceptos, experiencias, información, citas, confesiones en torno a los términos en uso en el arte. Aisenberg inaugura en GaleríasEscuela/Rosario el viernes 5, una muestra que incluye una selección desde los 80 hasta ahora y está guiada acaso por el mismo lema: “aprender a mirar”, leit motivque seguro comparte con la mayoría de los artistas, sólo que en su caso ese aprendizaje (de ahí lo de “escuela”) incurre también en el discurso literario, el religioso, el crítico, además de estar comprometido con la escena actual del arte y su historia.
ERUDITA Y LITERARIA
Roberto Amigo, curador de la muestra, escribe en el catálogo: “La pintura de Diana se presenta como una pintura erudita y literaria, con la memoria subjetiva y dispar de la historia del arte. Su maestro en Israel fue el artista sefaradí Pinchas Cohen Gan, nacido en Marruecos en 1942; distante de la formación conceptual que entonces imperaba en las academias con sueños de modernidad. A su regreso en 1982, Aisenberg se incorpora a la generación pictórica porteña”.
Escuela es el nombre con el que la selección de la obra de Aisenberg que se exhibirá en Rosario se mostró el año pasado en el Centro Cultural Recoleta de Buenos Aires. “El titulo Escuela —escribe Aisenberg en respuesta a una consulta por correo electrónico— es para toda la muestra y para todas las provincias e instituciones donde esta muestra encuentra su morada. No sólo se refiere a mi trabajo docente, sino que alude al concepto de escuela en general, escuela de arte, escuela como movimiento, como encuentro, como un espacio virtual donde almas, conciencias, mentes, cuerpos y vidas se juntan para marcar un hito histórico. En Rosario encuentro compañeros de este viaje en distintos niveles: colegas, alumnos, críticos, funcionarios, un montón de personas, individuos que me han acompañado en distintas visitas a la ciudad, en distintos momentos donde mi obra, mi trabajo tuvo sede en Rosario, y con experiencias junto a artistas rosarinos que estuvieron también en Capital, no se remite a quien fue alumno mío o no. El concepto de escuela suma géneros, momentos históricos, uniones, vínculos, y eso es a lo que alude mi trabajo”.
LA HABITACIÓN SAGRADA
Amigo señala dos legados de la formación de Aisenberg en Jerusalén (1976-1982): “un contra-método de enseñanza técnica para evitar los equilibrios compositivos y las intuitivas proporciones para que desde la razón se generen imperfecciones controladas sobre lo azaroso” y “una idea de la religiosidad sin límites dogmáticos, desplazada en ritos de adoración y en la presencia material de lo sagrado”.
“Lo sagrado —escribe Aisenberg desde su cuenta de Gmail— habita en el arte, el arte habita lo sagrado desde sus comienzos historizados, desde la Edad de Piedra, la construcción del discurso occidental. El artista como chamán, la iglesia, Beuys en el siglo XX y toda posibilidad en el arte como acto de fe y transformación, el arte que cura, el arte que revela, lo que se muestra, lo que se dice y lo que se ha dicho en distintas épocas”. Y también: “El arte ocupa el lugar de lo que no se dice, de los que no conoce su nombre en cada sociedad. A esto mismo se lo nombra como sagrado, desde el trueno hasta el milagro”.
NECESIDAD
“El arte es necesario —escribe Diana Aisenberg por correo electrónico— y fue necesario en todos los tiempos. Las comunidades necesitan del arte y de los artistas; los artistas necesitan hacer lo que hacen; el arte está ligado a la necesidad básica, primaria de supervivencia de la comunidad. Es así que las manifestaciones artísticas no mueren aunque el concepto encuentre a su paso distintas materialidades y rituales”.
PARAÍSO ORIENTAL
“Si uno —escribe Roberto Amigo, curador de Escuela/Rosario— comprende su obra desde la conciencia del devenir de las formas y de la puesta en crisis de los géneros pictóricos, las lecturas habituales sobre ella como relatos de lo cotidiano y lo femenino pierden parte de su asidero. Hay un preciosismo oculto en la obra de Diana, cazadora de piedras preciosas. Es cierta reverberación oriental, de lujo artificial de la cultura popular cuando quiere ser elegante y es condenada por la materialidad de bajo costo. Es, sin embargo, un brillo oriental remedo del paraíso”.
RECORRIDOS
Diana Aisenberg (Buenos Aires, 1958) vivió y estudió en Jerusalén entre 1976 y 1982. Se dedica a la docencia y formación de artistas en la UBA, el Centro Cultural Borges, la escuela para maestros de teatro de San Miguel, entre otras instituciones. Coordina clínicas de análisis de obra en Buenos Aires y el país. En 2004 publicó Historias del arte: diccionario de certezas e intuiciones (Adriana Hidalgo editora), un libro colectivo que reúne impresiones, experiencias e ideas en torno a conceptos usados en el terreno del arte. Participó desde los tempranos 80 en exposiciones individuales y colectivas en el país y el extranjero.
